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Cuándo se hace nefrectomía y por qué

Hay una pregunta que suele aparecer cuando el diagnóstico deja de ser una sospecha y pasa a requerir una decisión clara: cuando se hace nefrectomía. No se trata de una cirugía que se indique a la ligera. La nefrectomía se plantea cuando conservar el riñón deja de ser lo más seguro o lo más útil para la salud del paciente, ya sea por cáncer, daño irreversible, infecciones graves o complicaciones que comprometen la función renal y la calidad de vida.

Entender cuándo se indica ayuda a bajar la incertidumbre. También permite hacer algo muy valioso en urología: actuar a tiempo, con un plan quirúrgico preciso y sin retrasos que puedan complicar el pronóstico.

Cuándo se hace nefrectomía

La nefrectomía es la cirugía en la que se retira una parte o la totalidad de un riñón. Puede ser parcial, cuando solo se extrae la zona enferma y se preserva el resto del órgano, o radical, cuando se retira el riñón completo y, en algunos casos, estructuras vecinas según la enfermedad de base.

Decidir entre una y otra no depende solo del tamaño del problema. Influyen la localización de la lesión, el funcionamiento del riñón afectado, el estado del riñón contrario, la edad del paciente, sus enfermedades asociadas y el objetivo principal del tratamiento. En muchos casos, el criterio más importante es preservar la mayor función renal posible sin comprometer la seguridad oncológica o el control de la enfermedad.

Principales casos en los que se indica

El motivo más frecuente para valorar esta cirugía es un tumor renal. Cuando una masa en el riñón tiene características sospechosas de cáncer, la nefrectomía puede ser el tratamiento indicado. Si el tumor es pequeño y está bien localizado, suele intentarse una nefrectomía parcial. Si la lesión es grande, central o invade zonas que impiden conservar tejido sano suficiente, puede ser necesaria una nefrectomía radical.

También se realiza en riñones que han perdido casi por completo su función y se han convertido en una fuente persistente de dolor, infección o hipertensión difícil de controlar. Esto puede ocurrir tras obstrucciones prolongadas, litiasis complejas, infecciones repetidas o daño severo por reflujo y cicatrices renales.

Otro escenario es el traumatismo renal grave. Aunque muchos golpes o accidentes se manejan sin retirar el riñón, hay lesiones con hemorragia activa o destrucción extensa del órgano en las que la nefrectomía salva la vida del paciente.

En algunos casos menos frecuentes, la cirugía se indica por malformaciones congénitas, riñones atróficos que generan síntomas o enfermedades inflamatorias muy avanzadas. Y en el contexto de donación renal, la extracción del riñón también es una nefrectomía, aunque con una finalidad completamente distinta y en un paciente sano cuidadosamente evaluado.

Cuando se hace nefrectomía parcial y cuándo total

Esta es una de las decisiones más importantes. La nefrectomía parcial se prefiere cuando es técnicamente posible y oncológicamente segura. Su ventaja es clara: conserva más función renal. Esto importa especialmente en personas con diabetes, hipertensión, enfermedad renal previa, un solo riñón funcional o mayor riesgo de deterioro renal a futuro.

La nefrectomía total o radical se reserva para situaciones en las que preservar el órgano no ofrece seguridad suficiente o no aporta beneficio real. Un tumor grande, una destrucción casi completa del riñón o una infección crónica sobre un riñón no funcional son ejemplos típicos.

Aquí conviene evitar simplificaciones. Más cirugía no siempre significa mejor tratamiento, y conservar el riñón no siempre es posible. La mejor decisión es la que equilibra control de la enfermedad, seguridad quirúrgica y función renal a largo plazo.

Qué estudios se hacen antes de decidir

Antes de programar una nefrectomía, el urólogo necesita confirmar no solo qué tiene el paciente, sino cuánto está funcionando cada riñón y cuál es la vía más segura para operar. Por eso suelen solicitarse análisis de sangre para valorar la función renal, estudios de orina, tomografía con contraste y, en casos seleccionados, resonancia o gammagrafía renal.

La tomografía suele ser la pieza central del estudio porque permite ver el tamaño de la lesión, su relación con vasos sanguíneos, el sistema colector y los tejidos cercanos. En tumores, además, ayuda a planificar si es factible una cirugía conservadora. En riñones dañados por obstrucción o infección, permite estimar el grado de destrucción del órgano y anticipar la complejidad técnica.

Además de las imágenes, se valora la situación general del paciente. No es lo mismo operar a una persona joven sin comorbilidades que a alguien con enfermedad cardiovascular, obesidad, anticoagulación o insuficiencia renal crónica. La indicación quirúrgica sigue siendo posible en muchos de estos casos, pero requiere más preparación y una estrategia más cuidadosa.

Cómo se realiza la cirugía

Hoy, una parte importante de las nefrectomías puede realizarse con abordajes mínimamente invasivos, como la laparoscopia o la cirugía asistida por robot, según disponibilidad, experiencia del equipo y características del caso. Estas técnicas suelen ofrecer menos dolor posoperatorio, menor sangrado, estancias hospitalarias más cortas y recuperación más rápida.

Aun así, no todos los pacientes son candidatos a un abordaje mínimamente invasivo. Tumores muy grandes, cirugías previas complejas, inflamación severa o urgencias hemorrágicas pueden hacer más recomendable una cirugía abierta. Eso no significa un peor tratamiento. Significa adaptar la técnica al escenario real para maximizar la seguridad.

En una nefrectomía parcial, el reto técnico es retirar la lesión y preservar el resto del riñón con buen control del sangrado y de la vía urinaria. En una nefrectomía radical, el objetivo es extirpar el órgano afectado de forma completa y segura, respetando las estructuras sanas cuando es posible y retirando tejido adicional si la enfermedad lo exige.

Qué puede esperar el paciente después

La recuperación varía según el tipo de nefrectomía, la vía quirúrgica y el estado previo del paciente. Tras una cirugía mínimamente invasiva, muchas personas caminan el mismo día o al día siguiente y vuelven de forma progresiva a sus actividades en pocas semanas. Si la cirugía es abierta, el proceso suele ser algo más lento.

Durante los primeros días es normal notar cansancio, molestia en la zona intervenida y cierta limitación para hacer esfuerzos. Lo que no debe normalizarse es el dolor incontrolable, la fiebre persistente, la dificultad respiratoria, el sangrado abundante o la incapacidad para orinar, porque son señales que requieren valoración inmediata.

Una preocupación frecuente es si se puede vivir con un solo riñón. En muchos casos, sí. Un riñón sano puede asumir gran parte de la función necesaria. Pero eso no elimina la necesidad de seguimiento. Habrá que controlar la tensión arterial, la creatinina, la orina y algunos hábitos de salud para proteger la función renal a largo plazo.

Riesgos y puntos que deben hablarse con claridad

Como cualquier cirugía mayor, la nefrectomía tiene riesgos. Los más conocidos son sangrado, infección, lesión de estructuras cercanas, fuga urinaria en la cirugía parcial, trombosis, hernia en la herida y disminución de la función renal. En cirugía oncológica, además, importa asegurar márgenes adecuados y definir el seguimiento posterior.

Dicho esto, el riesgo no se valora en abstracto. Se valora comparándolo con el riesgo de no operar. Un tumor renal que crece, un riñón destruido que se infecta una y otra vez o una hemorragia que no cede suelen representar un peligro mayor que la cirugía bien planificada.

Por eso conviene desconfiar tanto del alarmismo como de las promesas simplistas. La conversación correcta con el especialista no es si la operación “da miedo”, sino qué problema resuelve, qué alternativa existe y cuál ofrece la mejor posibilidad de control con la menor carga para el paciente.

La importancia de una valoración urológica especializada

En nefrectomía, la experiencia del equipo quirúrgico marca diferencias reales en la selección del caso, la preservación de función renal y la recuperación. No basta con saber que hay una masa o un riñón dañado. Hay que decidir si conviene vigilar, intervenir de forma parcial o realizar una cirugía completa, y hacerlo con base en estudios precisos.

En una práctica especializada como Uroadvance, esa valoración se orienta a resolver el problema con criterio quirúrgico actual, tecnología adecuada y seguimiento cercano. Para el paciente, eso se traduce en algo muy concreto: respuestas claras, un plan definido y menos tiempo viviendo con la duda.

Si te han dicho que podrías necesitar una nefrectomía, lo más útil no es imaginar el peor escenario. Lo más útil es confirmar el diagnóstico, entender por qué se propone la cirugía en tu caso y tomar decisiones con un urólogo que te hable con precisión y sin rodeos.